Conferencia de la XXV Asamblea Nacional de las Misiones-Comunidades Católicas de Lengua Española en Alemania
Santa María de Guadalupe, antes que una bella devoción, es un hecho que nos permite adquirir una mirada inteligente sobre la realidad, es decir, una mirada de fe.Por ejemplo, Santa María, allá en 1531, envía al indígena San Juan Diego a cumplir una misión que parece imposible. San Juan Diego no confía en sus propias fuerzas sino que paso a paso se hace cada vez más consciente de su propia fragilidad y pequeñez. Esta pedagogía de hecho es muy común en la historia de la Iglesia y de los santos: no son los grandes planes ni las grandes acciones las que ayudan a la transformación del mundo y de la propia Iglesia. No son los grandes esfuerzos humanos. Es Dios que actuando misteriosa pero eficazmente en el más frágil, en el más débil, en el menos digno, actúa y transforma. Los más pequeños e indignos suelen ser los que están llamados a realizar las grandes hazañas.

En efecto, san Juan Diego es enviado por María a evangelizar al obispo. Él le lleva la “buena noticia” al prelado sobre la aparición de la “Madre del verdadero Dios por quien se vive” en el cerro del Tepeyac (México). Es decir, los fieles laicos, aún los más marginales y desconocidos, estamos llamados a participar en la misión de la Iglesia a título pleno, mostrando nuestra voz y nuestro testimonio, siempre frágil e imperfecto, pero confiando en la gracia que acompaña el envío misionero.
San Juan Diego hace misión viajando a un territorio inexplorado: la casa del obispo, con todas sus dificultades burocráticas y pastorales. Y esta misión no la realiza con altanería, presunción o prepotencia. Juan Diego actúa con gran humildad. El obispo, por su parte, con todo derecho, se muestra escéptico, y pide una señal. En ese momento, san Juan Diego lo obedece. San Juan Diego sabe bien que él, simplemente, es un “embajador” que comunica un mensaje que lo excede. Así que atiende la petición del obispo.
Si nos fijamos atentamente, aquí se establece un círculo: Juan Diego con valentía y humildad simultáneas, evangeliza al obispo, y posteriormente, él mismo obedece al obispo y va en búsqueda de una “señal”.
En este dinamismo podemos percibir que Juan Diego vive un envío verdaderamente sinodal, es decir, se coloca en movimiento, por voluntad de Dios, a través de María, para ayudar al obispo a descubrir parte de su vocación. Así mismo, san Juan Diego acoge con espíritu filial la indicación del Pastor que es punto de referencia y unidad para la vida eclesial, es decir, Juan Diego vive en comunión.
La sinodalidad, así, se revela en su esencia: sinodalidad es la dimensión dinámica de la comunión. Y la comunión se establece con el legítimo pastor que, a su vez, está llamado a vivir en comunión con el Sucesor de Pedro. No hay comunión eclesial verdadera al margen de la adhesión de corazón al Santo Padre.

En la actualidad, el Papa Francisco nos anima a redescubrir la dignidad y belleza de nuestro bautismo para, de esta manera, poder participar más y mejor en la vida eclesial. Durante muchos años, el clericalismo ha hecho un enorme daño a la Iglesia. Sobre todo, porque en algunos ambientes ha quedado la sensación de que el bien común de la Iglesia fundamentalmente está en las manos de nuestros pastores de manera exclusiva. Y esto no es así. Todos los bautizados tenemos pleno derecho de participar en la vida de la Iglesia, conforme a nuestra identidad y misión.
El Papa Francisco nos insiste una y otra vez: hay que re-aprender a hablar con “parresia”, es decir, con valentía. Pero lo más importante es, re-aprender a escuchar con humildad. Porque escuchándonos a todos, es cómo eventualmente podemos descubrir, tal vez en lo más frágil y humilde, parte del plan de Dios.
De este modo, en el acontecimiento guadalupano tenemos no sólo una bonita devoción sino una gran oportunidad para aprender a vivir con intensidad nuestro actual momento eclesial. El Papa Francisco es un pontífice providencial que se nos regala para educarnos y corregirnos. Fácilmente, al caminar como Iglesia por el camino, se nos pegan costras de lodo, es decir, cosas que sin mucho reflexionar se nos adhieren. Y luego, pasados los años, no sabemos bien a bien si son esenciales o si merecen una purificación.
De la misma manera como cualquier alma requiere de conversión constante, la Iglesia, es decir, tú y yo, requerimos de conversión. “Ecclesia Semper Reformanda!” Pero esta reforma, para que sea evangélica, debe estar anclada: en lo esencial de nuestra fe y realizarse en profunda comunión eclesial.
Hoy la Virgen nos vuelve a decir como a san Juan Diego: no hay por qué preocuparse. “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?” Lo importante es confiarse a Ella, decirle, “soy todo tuyo”, y de esa manera ayudar a la propia conversión, a la reforma de la Iglesia y a la transformación del mundo.

Prof. Dr. Rodrigo Guerra López
Secretario de la Pontificia Comisión para América Latina
Doctor en filosofía por la “Internationale Akademie für Philosophie im Fürstentum Liechtenstein”; miembro ordinario de la Pontificia Academia para las ciencias sociales y de la Pontificia Academia pro Vita; secretario de la Pontificia Comisión para América Latina. E-mail: rodrigoguerra@mac.com
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