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Carta a Los Padres

“Adolescentes en riesgo: comprender para acompañar”

18 noviembre, 2025
in Educación y familia
“Adolescentes en riesgo: comprender para acompañar”

Por Cristina Rodríguez Uribes, trabajadora social y psicoterapeuta familiar, experta en prevención de conductas de riesgo.

La adolescencia suele describirse como una etapa difícil, impredecible o llena de conflictos. Pero pocas veces miramos con profundidad lo que realmente ocurre: un proceso intenso de construcción de identidad, búsqueda de pertenencia y exploración de límites. En este territorio emocional y social tan complejo, los riesgos no son un accidente: forman parte del camino. Y por eso nuestra presencia adulta —atenta, sensible y disponible— es más necesaria que nunca.

El pasado 27 de septiembre impartí una conferencia en Bremen en el marco del XI Encuentro de Líderes Juveniles, sobre adolescencia y conductas de riesgo.  Allí abordamos algo esencial: los comportamientos de riesgo no son simples “malas decisiones” ni “rebeldías sin causa”. Son mensajes, maneras de expresar malestar, presión o vulnerabilidad cuando todavía no cuentan con herramientas suficientes para gestionarlos. Comprender esto cambia radicalmente la mirada.

El riesgo como forma de comunicación

Las conductas de riesgo —consumo de sustancias, autolesiones, prácticas sexuales poco seguras, retos virales, aislamiento extremo o conducción temeraria— son, en realidad, un lenguaje. El adolescente no suele decir “quiero dañarme”, sino “estoy desbordado y no sé qué hacer con lo que siento”.

A menudo, estos comportamientos emergen cuando coinciden varios factores: estrés académico, conflictos familiares, presión social, experiencias de discriminación, duelo migratorio o dificultades de adaptación cultural. En las familias hispanohablantes que viven en Alemania, estos desafíos se intensifican: nuevos idiomas, nuevas normas, pérdida de referentes, sensación de no pertenecer del todo a ningún lugar.

Muchos jóvenes viven entre dos mundos y sienten que ninguno los acoge por completo. Esa desubicación es, por sí sola, un factor de riesgo.

Riesgos y protecciones: una balanza que se puede equilibrar

Una idea que generó gran consenso durante la conferencia fue que ningún joven está determinado por sus riesgos. La balanza siempre puede inclinarse hacia la protección si intervenimos a tiempo y con sensibilidad.

Entre los factores de riesgo más comunes encontramos:

  • Baja autoestima y autocrítica excesiva.
  • Aislamiento social, bullying o discriminación.
  • Ansiedad, tristeza persistente o impulsividad.
  • Falta de límites claros o supervisión adulta.
  • Comunicación familiar deficitaria o rígida.
  • Duelos migratorios y pérdida de vínculos significativos.
  • Uso de redes sociales sin acompañamiento crítico.

Pero también existen factores de protección muy potentes:

  • Un adulto confiable que escucha sin juzgar.
  • Amistades saludables que aportan apoyo.
  • Actividades que generen pertenencia (deporte, música, voluntariado).
  • Rutinas que regulen su vida diaria: sueño, alimentación, movimiento.
  • Espacios donde puedan expresar emociones con libertad.
  • Comunidades que los reconozcan y valoren.

La buena noticia es que muchos de estos factores protectores pueden construirse desde casa y desde los espacios donde los jóvenes conviven.

La escucha como herramienta preventiva

Si hubiera una sola idea que me gustaría que las familias conservaran, sería esta:

escuchar protege.

No se trata de tener respuestas perfectas ni discursos impecables. Lo más transformador es ofrecer un espacio donde el adolescente pueda hablar sin miedo a ser ridiculizado, regañado o ignorado.

En nuestra cultura hispana, marcada muchas veces por el mandato de “ser fuerte” o “no quejarse”, hablar de emociones puede resultar extraño o incómodo. Pero los jóvenes de hoy necesitan algo más que libertad: necesitan acompañamiento emocional. Y acompañar no es controlar. Es estar, sin prisa ni juicio.

Cuando un adolescente siente que sus palabras son seguras, que no serán descalificadas, aparece la confianza. Y donde hay confianza, hay prevención.

Identidad, migración y vulnerabilidad

Crecer en Alemania siendo hijo de padres hispanohablantes implica un desafío identitario: vivir con referencias culturales que no siempre coinciden con las del entorno. Muchos adolescentes sienten que deben elegir entre una parte de sí mismos y otra, lo que genera confusión o inseguridad.

Es fundamental transmitirles que su identidad puede ser múltiple y flexible, que no tienen que renunciar a una cultura para abrazar la otra. Pueden construir una identidad rica, híbrida y genuina. Esta validación reduce la vulnerabilidad, aumenta la autoestima y fortalece su sentido de pertenencia.

Claves para acompañar desde casa

Algunas acciones sencillas pueden marcar una diferencia enorme:

  • Hablar antes de que haya un problema. Las conversaciones preventivas funcionan mejor que las reactivas.
  • Cuidar nuestras reacciones. Si cada revelación produce alarma o juicio, dejarán de confiar.
  • Interesarnos por su mundo. No necesitamos amar sus videojuegos o música, pero sí preguntar por qué los significan.
  • Nombrar emociones juntos. Dar lenguaje emocional es dar regulación.
  • Modelar autocuidado. Un adulto que se cuida inspira a un adolescente que también lo hará.

Acompañar sin miedo, educar sin perder la conexión

Prevenir riesgos en la adolescencia no significa controlar ni prohibir, sino comprender, vincular y acompañar. No podemos evitar todos los desafíos que encontrarán, pero sí podemos ofrecerles raíces, criterios y afecto suficiente para que no los enfrenten en soledad.

Los adolescentes no necesitan padres perfectos. Necesitan padres presentes.

Necesitan adultos que recuerden que pedir ayuda es madurez, no fragilidad.

Y necesitan, por encima de todo, sentirse vistos.

Cuando se sienten vistos, el riesgo deja de ser amenaza y se convierte en oportunidad de crecimiento.

Cristina Rodriguez Uribes

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