La sesión del 21 de abril de 2026 puso en el centro una llamada esencial para la vida sacerdotal: volver a Jesucristo, reconciliarse con la propia historia y recuperar una espiritualidad encarnada en la vida del pueblo de Dios. Las distintas intervenciones coincidieron en que el sacerdote no puede reducir su misión a la administración de sacramentos, gestiones o actividades pastorales; está llamado, ante todo, a ser discípulo, amigo de Dios y pastor cercano de su pueblo.
Yuan Fuei Liao, taiwanés residente en República Dominicana, compartió su conversión desde una familia atea y marcada por el sincretismo religioso. A los 15 años comenzó a leer la Biblia por curiosidad y quedó profundamente interpelado por Jesús, especialmente por la pregunta: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?». Su acercamiento a la Iglesia culminó con el bautismo y la primera comunión durante una Vigilia Pascual, donde experimentó que el Jesús del Evangelio estaba vivo. La soledad interior que llevaba consigo comenzó a ser transformada por un amor personal, gratuito e incondicional.
Su encuentro con Cristo lo llevó a pasar largos momentos ante el Santísimo. Comenzó pidiendo y terminó descubriendo el gozo de agradecer y, sobre todo, de estar con Jesús. Desde esta experiencia invitó a los sacerdotes a volver a la primera llamada. Citando Marcos 3, 14, recordó que Jesús llamó primero a los discípulos «para que estuvieran con él» y después los envió a predicar. El exceso de papeleo, gestión y activismo puede asfixiar la vocación: se puede “trabajar mucho en el ministerio del Señor y terminar olvidando al Señor del ministerio”.
Pacho Bermeo, a partir de Éxodo 2 y 3, presentó a Moisés como un hombre marcado por abandono, falta de identidad, violencia, fracaso y huida. Sin embargo, Dios lo llamó precisamente desde su historia. Ante la zarza pronunció su nombre y le pidió: «Descálzate». La vocación exige reconocer y reconciliarse con el propio «capítulo 2», porque Dios conoce nuestra historia y nos llama desde ella. Antes que sacerdotes somos seres humanos; abrazar las propias heridas permite acompañar con mayor empatía las historias de los demás.
Ese «descalzarse» implica también entrar en contacto con la realidad. Dios escucha el clamor de los esclavizados y toma partido por quienes sufren. Por ello, el sacerdote no puede situarse por encima o al margen del pueblo, especialmente de migrantes, excluidos y vulnerables, sino caminar con ellos y siempre defender su dignidad.
El padre Alberto Pérez Villegas, desde la figura de Caleb, insistió en recordar quiénes somos, de dónde venimos y para qué hemos sido llamados. La espiritualidad debe hacernos más humanos y sensibles. Requiere caminos seguros —oración, Eucaristía, Palabra y liturgia—, pero también esfuerzo, observación de la realidad, valentía para buscar frutos, confianza y perseverancia. Caleb vio una tierra buena pese a los gigantes y mantuvo su confianza en Dios durante décadas. Una espiritualidad auténtica no huye de la realidad: la contempla, la discierne y acompaña al pueblo.
Finalmente, Carlos Loayza abordó la crisis de credibilidad de la Iglesia ante los abusos sexuales, de conciencia y de poder. Frente a ello, destacó la cultura del cuidado y al sacerdote como pastor que guía, acompaña, sana y protege. La respuesta exige formación permanente y afrontar cinco fallas estructurales: falta de rendición de cuentas; clericalismo y abuso de poder, a veces sostenidos por los propios laicos, que debilita la corresponsabilidad y la participación real; cultura del secreto y encubrimiento; falta de escucha y empatía hacia las víctimas; y ausencia de capacitación y mecanismos eficaces de prevención.
En conjunto, la jornada recordó que la renovación sacerdotal comienza permaneciendo con Cristo y se verifica en la manera de servir al pueblo. Volver al Señor, reconciliarse con la propia historia, escuchar el clamor de quienes sufren y ejercer el ministerio desde el cuidado son caminos inseparables de una Iglesia llamada a hacer creíble el Evangelio con su vida.
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